2008/10/31
digamos que aquella tarde soplaban vientos, venidos de no se sabe qué direcciones, surgidos de no se sabe qué tormentas, pero nos arrastraban y arrastraban, quizás, nuestros pensamientos impidiéndonos centrar la mente en nada. cuando el viento sopla fuerte, te lleva, te lleva y te tienes que concentrar con todas tus fuerzas en que no desvíes tu paso.
(o puede que aquél día no hiciera viento y sólo lo imaginé).
yo lo vi, no estuve allí pero lo vi, vi cómo había ocurrido todo, y cómo la traición bajo la excusa de la enajenación sigue sin tener perdón ninguno. vi cómo se puede perder la orientación, perder la guía y ser una ligera rama en un torrente desbocado. vi cómo ocurría todo esto dejándome en la orilla, mero espectador, pensando en que, desde aquél momento, aquél ya no era mi río, mis meandros no serían nunca los suyos, y que si alguna vez llego al mar lo haré, indefectiblemente, por otro camino.
me pierdo en los recuerdos de aquél día ventoso. no existe el olvido, muchas veces no existe el olvido. me gustan los días de lluvia. pienso que, tarde o temprano, generan nuevas corrientes, otros ríos donde, quién sabe, quizás pueda encontrar la paz.
miro mis zapatos manchados de tierra. no hay forma de librarse de ella.

