uno se quiere abrazar a los sueños, siempre quiere hacerlo, y por eso recuerda la infancia como una época dorada; no porque todo fuera fantástico e irrepetible, sino porque los sueños eran más numerosos y permanecían intactos. creímos en reyes magos. creímos en la bondad de la gente. creímos en algún dios benefactor más o menos acertadamente. creímos, creímos, porque en el mundo de los sueños y la imaginación todo es posible. al final, como en los cuentos, todo debería terminar bien, y ésa es la única magia de la infancia: la integridad de los sueños, su permanencia. y según todos los sueños se iban quebrando nos dimos cuenta de que íbamos creciendo. haciéndonos pesadamente adultos.
pero abrazarse a los sueños es imposible. o locura.
y la realidad no siempre es grata, es más, suele tener el vicio de dar violentos coletazos que hieren profundamente casi sin querer, como se agita un pez fuera del agua. y es cuando nos salpican como gotas de aguas despedidas desde sus escamas los trocitos de los sueños antiguos. y la realidad, a veces dura, emerge como algo sólido e indestructible, chocamos con ella, a veces se opone, se presenta sin avisar y nos zarandea como un temporal a un barco pesquero.
pero la realidad permanece. ésta no se va.
siempre podemos volver al mundo de los sueños, si la realidad no nos gusta. un instante, recuerdos, que no son sino imágenes del pasado vestidas de idealizaciones. sueños, al fin y al cabo. pero la realidad... ése es nuestro entorno, nuestro medio ambiente. donde debemos habituarnos a vivir, donde hay que intentar ser felices. no buscar la felicidad en ideales o mitos, sino en cada instante que vivimos.
no quiero abrazarme a sueños. aún recuerdo cuando dejé de creer en los reyes magos. las mentiras siempre duelen, piadosas o no. las mentiras son veneno que permanece para siempre debajo de la piel. y, los sueños, son una especie de mentira disfrazada. por eso quiero dejar ir los sueños y descubrir, con paciencia, que los mejores momentos siempre están por llegar.
aunque no esté seguro. pero no es tan doloroso como creer que ya han pasado.